Permanente impermanencia

En estos días he tenido muy presente la película “La rueda del tiempo” de Herzog. Aunque la vi hace algunas semanas, las películas a veces son como las vivencias o las medicinas: tardan en hacer efecto.
Este documental retrata y reflexiona sobre la cultura budista pero de toda la película me quedo sin dudarlo con la construcción del mándala de la que hablan a lo largo de la película.
Los mándalas son representaciones esquemáticas y simbólicas del cosmos que elaboran durante días los monjes budistas con un exquisito cuidado y mimo con arena de diferentes colores.
Lo asombroso, que lo es, no es la paciencia y entrega con la que realizan estos dibujos. Lo realmente asombroso es que una vez acabado se destruye; se barre y se acaba con el trabajo de días en apenas un instante.
El objetivo de sencillo: experimentar la impermanencia. Darnos cuenta de que todo lo que hoy es, mañana puede no ser. Y viceversa. Nada es permanente. Constituye un error apegarse a las cosas.
Por eso es importante comprender la permanente impermanencia de todo lo que nos rodea. Aferrarse a lo “bueno” y a lo “malo” nos conduce a la infelicidad según los budistas. Y yo estoy de acuerdo.
Nada queda. Todo pasa. Permanente impermanencia.