El arte de apreciar lo que tenemos

A veces, dedicamos tanto tiempo a echar la cuenta de lo que no tenemos y de lo mal que se nos ponen las cosas en el quehacer de todos los días (mi trabajo peligra, la crisis me amenaza, Pepito –o Pepita– no me quiere), que se nos olvida apreciar todo lo bueno que cae en nuestro camino, y la existencia se convierte en un campo de batalla donde a veces nos peleamos con el enemigo equivocado, mientras el tiempo avanza inexorablemente en el reloj de arena que la vida dejó en nuestra mesilla de noche cuando llegamos.

Sabemos que la vida está ofreciéndonos continuas lecciones, a veces con situaciones que juzgamos positivas, a veces con aparentes injusticias que el destino nos envía sin que en nuestra opinión nos hayamos merecido tal prueba.

Puede ser que solo sea cuestión de poner un poco de atención, porque parece que no es mal de nuestro tiempo, sino que acompaña a la naturaleza humana desde siempre. Ya Cervantes (que paseó por Castilla allá por el siglo XVI nada menos) lo caló en esta letrilla:

Busco en la muerte la vida,

salud en la enfermedad,

en la prisión libertad,

en lo cerrado salida

y en el traidor lealtad.

Pero mi suerte,

de quien jamás espero algún bien

con el cielo ha estatuido

que pues lo imposible pido

lo posible aún no me den.

Tal vez podríamos hacer algo distinto a lo que nos lleva el movimiento natural de nuestro mundo cotidiano: disfrutemos de las cosas buenas que nos pasan, apreciemos lo que sí tenemos y aprendamos de lo que consideramos reveses, y la vida, seguramente, adquirirá un nuevo color más luminoso. Puede, incluso, que encontremos sentido hasta a aquello que nos golpea, y que entendamos cuál era la lección que debíamos aprender. Vaya por Cervantes.