El Zen y las AAMM

Cuando resplandece el relámpago, es admirable el que no piensa: la vida pasa.

MATSUO BASHO
Samurai y poeta japonés 1643-1694
(Citado por N.W.Ross en Le monde du zen)

Cuando tengo un sable que responde particularmente a mi gusto personal por su peso, su forma, etc, entro con más facilidad en un estado en el que mi cuerpo y el sable constituyen una unidad.   Se sobreentiende que desde el instante mismo en que uno se deja dominar por el deseo de ganar el combate o hacer exhibición de la propia destreza técnica, la esgrima pierde todo su valor.   Es cuando estos pensamientos se desechan, cuando aun se cesa de pensar en el propio cuerpo, que es posible alcanzar un estado de unidad: entonces uno es el sable y el sable es uno, pues ya no hay destrucción entre los dos. Este estado se llama en psicología MUGA (“no-yo” o “no-espíritu”) y corresponde quizás a los que el budismo llama “un estado de viudez”.  Se está en él liberado de todos los pensamientos y todos los sentimientos que estorban el ejercicio más libre de cualquier técnica y se vuelve a la propia “alma original” liberada de las servidumbres corporales.

Podría creerse que el caso del esgrimista es diferente porque enfrenta a una persona viva cuyo objetivo es asestar un golpe a cada instante, pero no creo en esa diferencia en la medida en que el exhibidor de marionetas y el hombre del sable llegan a un estado de identificación que se manifiesta independientemente de sus metas.   En ese momento ya no veo delante de mí a un adversario que me amenaza, sino que yo mismo me transformo en ese adversario, y todo sucede como si cada uno de sus movimientos, cada uno de sus pensamientos fueran los míos.   Intuitivamente o, más bien, de modo inconsciente, sé cuando y cómo asestarle el golpe.   Todo eso me parece del todo natural.

TAKANO SHIGEYOSHI
(Citado por N.W.Ross en Le monde du zen)


Historia del Zen

Cierta vez, acercóse a Buda un discípulo con una flor dorada en la mano, el cual le pidió que le revelara el misterio de la doctrina.  Gautama tomó la flor en su mano, y la contempló un rato en silencio, dando a entender con ello que el misterio no residía en las palabras, sino en la contemplación misma de la flor.  De este acto místico y lengendario se deriva la famosa doctrina ZEN, considerada por muchos eruditos como la cima del budismo.  Fué llevada a la China a fines del siglo V por el místico y misionero indio Bodhidarma, quien, según dicen, pasó nueve años meditando, con el rostro vuelto hacia la pared, sin pronunciar una sola palabra.   De la China pasó el Zen en el siglo XII al Japón, donde su dura autodisciplina fué muy bien acogida entre los guerreros de la belicosa época feudal.   Todavía constituye la norma de vida de nueve millones de monjes y seglares, que forman la secta budista más rigurosa y la segunda más importante del Japón.

Prescindiendo de algunas particularidades en el modo de vivir, el ZEN se parece mucho más al budismo ascético del sur de Asia que a otras denominaciones del Mahayana septentrional.  Creen sus adeptos que la iluminación no nace exclusivamente del estudio de los escritos sagrados o de la especulación metafísica, sino de una repentina inspiración que le sobreviene al que se halla sumido en la meditación.  “Mediante un riguroso ejercico ha de brotar la gran experiencia (satori), que no puede describirse con palabras, de la inanidad que trasciende a toda contradicción (shunyata), experiencia que libera de todos los sufrimientos de este mundo perecedero de los constantes cambios.  Con ello se produce una completa transformación de la personalidad determinada por el yo, de suerte que alcanza el dominio sobre sí misma y la perfecta armonía con el fundamento de los mundos.” (H. von Glasenapp).

Un monje debe esperar que hayan transcurrido por lo menos diez años de meditación y rigurosa autodisciplina antes de que le sea concedida la iluminación. Basados en esta convicción, los que siguen el ZEN asignan poca importancia al empleo de libros, sermones, discusiones y teorías para la formación de sus discípulos, y procuran adiestrarlos de una manera práctica.   Los alumnos son abofeteados e increpados rudamente; se les encarga que resuelvan difíciles problemas que sólo lo son en apariencia, para que de este modo lleguen al descubrimiento de la verdad.   El conocimiento le debe sobrevenir al discípulo por medio de una intuición espontánea, algo así como cuando uno descubre la gracia de un chiste, aunque, naturalmente, elevado ello al plano espiritual.    El budismo ZEN no es una teoría, sino una técnica de la vida, que incluso considera importantes desde el punto de vista religioso las más sencillas acciones cotidianas – como el acto de tomar el té, cuidar el jardín, tirar con arco, usar el sable o contemplar la naturaleza -, y enseña que en ellas se halla contenido en cierto modo el misterio de la vida, de suerte que al realizarlas conscientemente puede uno llegar a encontrar la clave para entender el mundo.   Los monjes ZEN llevan un género de vida sumamente sencillo, trabajan en el campo, mendigan su sustento, son muy sobrios en el comer y se entregan a la meditación.   Sus monasterios son muy austeros y carecen de adornos.   Si existe alguna clase de ornamentación, nunca se desarrolla enteramente, sino que a lo sumo queda esbozada.   La sencilla elocuencia del arte japonés y la moderación característica de la vida nacional puede relacionarse en buena parte directamente con el ZEN.

“El no dañar a criatura alguna
es la esencia de toda la moral,
y la extinción es el gran vacío.”
Tal es lo que afirman los señores del saber.
En su opinión, esos dos conocimientos
liberan al hombre de todo sufrimiento.

ARYADEVA, KATUHSHATA,298

Si el egoismo es la fuente de todo mal,
la renuncia a todo egoismo y el amor
desinteresado hacia otras criaturas,
es el camino más seguro
para liberar el corazón de todo mal.

Itivuttaka 27

Evita toda mala acción,
aumenta la simiente de las buenas obras,
purifica sin cesar tu mente:
tal es el camino que Buda te indica.

Dhammapada 183

Por más que en la batalla
venza uno a miles de enemigos,
la victoria sobre uno mismo
es la mayor victoria.

Dhammapada 103

ZEN Y ARTES MARCIALES

Desde los más tempranos momentos de vida del hombre en el mundo, éste ha utilizado, y utiliza, continuamente la violencia y la fuerza para la solución de sus conflictos, ya tengan poca y mucha importancia, no ha descubierto la esencia del ser humano. No se ha llegado a dilucidar si la actitud violenta del ser humano le viene por naturaleza, o lo aprende en el entorno social en el que se desarrolla su vida; este debate continúa en los círculos científicos, sin una clara y terminante solución, aunque hay teorías para todos los gustos. En cualquier caso, los hombres se han tenido que defender unos de otros, y después de muchos siglos de guerras, disputas, peleas, enfrentamientos, etc., llegándose a crear un conjunto de disciplinas marciales, para poder responder a esos ataques injustificados. La mayoría de ellas, las denominadas “externas”, se basan primordialmente en el uso de la fuerza física y muscular, se basan en esto partiendo de la premisa de que cuanto más fuerte y hábil fisicamente sea la persona, más difícil será que le hagan daño, que es el fin que se persigue. Ejemplos de este tipo de artes marciales se nos pueden ocurrir a montones, karate, taekwondo, judo, jiujitsu, kung-fu, etc.

Pero paralelamente, han ido apareciendo una serie de artes marciales, denominadas “internas”, las cuales no se basan en la fuerza muscular para derrotar al enemigo, algunas ni siquiera quieren derrotar al enemigo, sino que utilizan algo más profundo: nuestro Ki (energía interior). Para estas artes no se necesita un físico espectacular, ni una preparación física extrema, al contrario, el aspecto físico se trabaja muy poco, se centran en el desarrollo del Ki. Ejemplos de estas artes marciales ya no hay tantos, podemos citar el Aikido, el Tai-Chi (Chi, es Ki en chino), el Kyudo, el Iaido, etc.

Quizá, las personas que practican las artes marciales “externas” consideran que las “internas” son ineficaces, inútiles, para “blandengues”, u otros calificativos, ellos practican un arte marcial o para machacar al oponente, o para competir con otras personas, cualquiera de las dos opciones es igual de errónea. Las competiciones en las artes marciales sólo sirven para satisfacer el ego del competidor, denotan el ansia de victoria de la persona, en una sociedad que ya es demasiado competitiva, lo único que consiguen es distraer la atención del artista marcial hacia algo que es lo más superfluo que puede existir sobre la faz de la Tierra: demostrar que uno es mejor que otro, y lo aparta del verdadero camino: el desarrollo del Ki de la persona, que es más fuerte y duradero que cualquier fuerza física.

Respecto al uso del arte marcial para machacar, aplastar, y destruir a la otra persona es algo que solo conduce a más violencia. La violencia es el arma de los necios, y la violencia sólo genera más violencia. El desarrollo de la fuerza únicamente conduce al embrutecimiento, a la competición y al orgullo. Muchos problemas y dificultades surgen de esta actitud unilateral. Al contrario de esto se ha de proclamar la paz y la fraternidad con el resto de personas, a través de un una actitud interna correcta, esto sí que puede suponer el final de las guerras, la violencia, el embrutecimiento, etc.

La esencia de las artes marciales “internas” es no combatir, no utilizar la violencia ni la fuerza física para solucionar nada, eso sólo creará más problemas, no tiene afán de conquistar y vencer a los demás, son los demás los que se dan cuenta que cualquier actitud violenta contra estos artistas marciales es inútil, se ha de estar en una actitud de no-resistencia, en ese momento no habrá ningún choque violento entre las dos partes, y la que mantiene su actitud violenta se dará cuenta que no sirve de nada esa fuerza que utiliza, y acabará por desistir de sus ataques, con lo que se ha reducido la violencia sin violencia.

La esencia de las artes marciales “internas” y del Zen es “no combatir”, sino despertarse al tronco común que nos une con todas las existencias del universo. Por ello, la práctica del Zen es muy importante para este tipo de artes marciales, ya que purifica nuestro espíritu y desarrolla nuestra energía interna.

ZAZEN Y FISIOLOGIA

Hasta mitad de siglo, zazen sólo era un método de entrenamiento espiritual. Sólo los religiosos y ciertos filósofos se interesaban por eso, como una práctica del despertar fundada en la experiencia subjetiva.

Actualmente, las investigaciones científicas llevadas a cabo en medios hospitalarios, demostraron que zazen no es sólo un ejercicio religiosos sino una regulación del cuerpo y del espíritu, un medio de realizar un verdadero equilibrio. E1 control de la respiración modera y apacigua el ritmo del corazón, regulariza la circulación, hace que la tensión nerviosa disminuya. La espiración profunda del Zazen expulsa de los pulmones los residuos de gas carbónico que habitualmente se estancan en ellos, produciendo nerviosismo y ansiedad. E1 grado de ácido láctico de la sangre, factor de la agresividad, baja muy sensiblemente mientras que el hecho de estirar la columna vertebral le hace encontrar su agilidad y libera las contracciones nerviosas.

Por último, el funcionamiento del cerebro se modifica muy sensiblemente, al pasar de la actividad de las capas superficiales a las capas profundas. Las ondas alfa aparecen rápidamente, lo cual origina un estado de conciencia completamente diferente al de la vida cotidiana, a la vez de estar más relajado, más perspicaz, más sensible y despierto. Pero debemos precisar que no se trata de ninguna manera de un estado anormal o extático, sino por el contrario, una vuelta a las condiciones naturales y normales del funcionamiento fisico-psíquico del ser humano. Las personas que practican regularmente Zazen tienen así este sentimiento de volver a tomar posesión de ellos mismos, de volverse a encontrar, mas allá de las crispaciones, de las distorsiones, en la situación original, primitiva, que deberá ser la de todo hombre.

E1 Zen no es un conocimiento para añadir a otros, y menos aun un objeto de especulación intelectual o de discusión. Es una experiencia personal, la más íntima de todas, algo que nadie puede hacer por nosotros. Es suficiente practicar Zazen, es decir, ponerse en postura, con la columna vertebral derecha, sentado sobre un cojín redondo y espeso, completamente inmóvil, y en un lugar tranquilo y silencioso. Se respira lentamente, profundamente, y se deja que el espíritu agitado se tranquilice así y se aclare. Rápidamente se sentirán los efectos benéficos de esta postura: las preocupaciones cotidianas dejan de inquietarnos, se alejan y por ultimo aparecen como lo que son: pequeñas e insignificantes oleadas en la superficie de nosotros mismos. Poco a poco, la angustia se transforma en seguridad, la inquietud incesante en una calma anteriormente desconocida y primer anuncio de una profunda serenidad. Comienza a manifestarse una sensación de alivio, de equilibrio recuperado.

Es evidente que pasar del estado en el que nos ha puesto una vida caracterizada por la agitación y el desorden, por la avidez y la huida de nosotros mismos, a esta situación original de la que estamos tan alejados, requiere esfuerzos largos y continuos.

Sin embargo, todo el mundo puede hacer Zazen. No existe ninguna contraindicación médica. Y aunque la meta de Zazen no sea de ninguna manera curar, las condiciones fisiológicas más defectuosas pueden mejorarse sensiblemente con su practica.

Pero el Zazen es una disciplina rigurosa que no puede ser practicada sin la ayuda de un maestro. La presencia de éste es necesaria, no solamente para controlar la postura y para enseñar la pacificación del espíritu, sino sobre todo para guiar a cada uno según sus medios. Esta es la razón por la que Zazen debe ser practicado en la atmósfera apacible de una sala de meditación. De esta manera el practicante se beneficia, no solamente de la dirección del maestro, sino de la presencia de los demás participantes. E1 esfuerzo de cada uno se multiplica en un vasto esfuerzo colectivo, que sostiene, alienta y apacigua.

Así solamente gracias a este ejercicio continuo, que poco a poco formara parte de nuestra vida, comenzaremos a cambiar, imperceptiblemente al comienzo, pero cada vez mas sensiblemente. Y no solamente nosotros, nuestra vida, los demás, el mundo, todo cambia al mismo tiempo.

En realidad, lo que habrá cambiado será nuestra relación con la vida, con los demás, con el mundo. Poco a poco nos iremos deshaciendo de la envoltura del ego. Nuestra conciencia dejará por fin de estar dividida. A1 estar derrumbadas y abolidas todas las barreras, la comunicación se establecerá y el otro ya no será el “otro”. Nuestra conciencia participará en la vida sintiéndose una emanación del cosmos, identificándose a él.

Zazen es en su origen la postura misma de Buda, gracias a la cual obtuvo la completa liberación, el desapego soberano, el conocimiento perfecto. E1 Zen nos recuerda que todos nosotros tenemos, “aquí y ahora”, esta posibilidad, pero simplemente lo ignoramos. A través de la practica y de la enseñanza del maestro, nos acercamos, a través de una transmisión ininterrumpida, a esta experiencia, a esta prodigiosa metamorfosis del ser que es el Despertar.

La postura

Zazen permite una correcta distribución de las molestias musculares, óseas y de gravedad, porque produce una reorganización de la postura, como lo demuestra el estudio de la actividad muscular de personas en zazen y el control de su metabolismo de base. Zazen asegura el equilibrio óptimo del cuerpo y elimina los inconvenientes debidos a malas actitudes en las que el cuerpo ha podido fijarse.

La respiración

El control de la respiración es también muy importante. La principal dificultad viene del hecho que no se puede respirar correctamente si no se tiene una buena postura. Durante zazen la concentración está en la espiración, que debe ser larga y profunda. Así el aire viciado residual se expulsa de los pulmones y el practicante puede usar plenamente su capacidad pulmonar. En consecuencia, el ritmo respiratorio se hace más lento, como así también el ritmo cardíaco, la sangre y los órganos internos están mejor oxigenados.

La espiración que ejerce un empuje hacia abajo en toda la masa abdominal, hace que esta última haga desarrollar una gran energía en la cintura, los riñones, las caderas y de esta manera el centro de gravedad del cuerpo se baja, volviéndose así el individuo más estable. El practicante puede luego conservar esta respiración en la vida cotidiana, porque el cuerpo termina por adoptarla inconscientemente.

El cerebro

Los estudios neurofisiológicos que se han realizado en practicantes de zazen demostraron que el cerebro intelectual y analítico (cerebro frontal y cerebro izquierdo), se apacigua y que por el contrario, el cerebro derecho y el cerebro profundo, asiento de la intuición y de la regulación del sistema nervioso, se activa.

Si se produce un estímulo, el cerebro lo registra, pero vuelve muy rápido al ritmo propio del zazen (alfa lento y theta), lo que pone de manifiesto que el efecto del estrés está reducido.

Las investigaciones del doctor Hirai mostraron claramente que zazen influencia no sólo el estado de espíritu, sino también la fisiología misma del cerebro. Estos trabajos testimonian objetivamente la unidad del cuerpo y del espíritu, ya afirmada en el siglo XIII por el maestro Dogen. El doctor Hirai escribe: “Este estado de conciencia producido naturalmente durante zazen, reflejado en el electroencefalograma y medido como otros fenómenos fisiológicos, es la conciencia del despertar, que está en la profundidad del espíritu de los hombres desde su nacimiento.”

ZEN Y CIVILIZACION

El Zen no es ni razonamiento ni teoría. No es un conocimiento que deba aprehenderse con la mente; es una práctica, una experiencia que es tanto objetiva como subjetiva.

Ser no es tener. Aunque poseyéramos todo lo que deseamos no estaríamos satisfechos. Esta es la causa de nuestra enfermedad, sobre todo en el seno de una sociedad que nos lo promete todo, pero que nos priva de lo esencial. Ya que lo esencial no es obtener, sino ser, y cuanto más tenemos, más deseamos, y cuanto más deseamos, menos somos.

Nuestra verdadera riqueza, la que nos pertenece en propiedad y que nadie puede robarnos, esta dentro de nosotros mismos, profundamente escondida y casi siempre mal conocida.

Este fondo de nosotros mismos, estable y apacible, esta riqueza nuestra olvidada, sólo se puede descubrir a través de un método radical y riguroso.

E1 Zazen, la práctica constante y asidua del Zen, es la llave que abre este reino interior, no separa estos dos puntos de vista complementarios, como tampoco disocia el cuerpo de la mente, lo fisiológico, ni lo consciente de lo inconsciente. Dirige su llamado a la totalidad del ser.

Es en este sentido en el que corresponde a las aspiraciones que orientan la marcha de la civilización actual, una civilización que intenta pasar de las categorías, de las separaciones estrechas, de las divisiones en todos los dominios.

“Debemos armonizar los contrarios volviendo a su propia fuente. Esto es lo propio de la actitud Zen, vía del medio: abarcar las contradicciones, hacer de ellas una síntesis y realizar el equilibrio. El espíritu moderno de libertad debe liberarse de viejas supersticiones, de creencias y de limitaciones formales para encontrar en sí mismo el origen de una moral auténtica, a la vez personal y universal, ligada a la conciencia profunda de la vida.” (Taisen Deshimaru).

La práctica de la meditación en Zazen no está en contradicción con nuestra vida diaria y, sobre todo, no es una evasión ante las dificultades que el vivir diario nos presenta. Por el contrario, gracias a la práctica asidua de Zazen, podemos encontrar la lucidez, la calma y la energía necesarias para resolver con soltura y eficacia las situaciones cotidianas.

Los mejores momentos para sentarse en Zazen son el amanecer y el anochecer. Estos momentos de transformación de la naturaleza y de nuestros propios ritmos biológicos favorecen la concentración y nos preparan para afrontar abiertamente la jornada por una parte, y para purificar nuestra conciencia y nuestro cuerpo de todas las impresiones sensoriales nocivas que hemos acumulado durante el día, por otra.

El Zen procura un alto grado de conciencia de sí mismo y de paz interior; abandonando el egoísmo individual y aprendiendo a poner la mente en reposo, se puede acceder al flujo eterno de la actividad y d ella energía y al conocimiento intuitivo. Se accede a esta sabiduría por la puerta del silencio y sin deseo de provecho.

“Tened las manos abiertas, toda la arena del desierto pasará por ellas. Cerrad las manos: sólo obtendréis algunos granos de arena.” (Maestro Dogen).

Mas allá de las formas, de los dogmatismos, de las instituciones o de las teorías, el ser humano esta buscando un nuevo estado de conciencia (o una antigua conciencia dormida) que le permita liberarse, transformarse, desarrollarse, a partir de la fuente profunda que está en él.

En este sentido corresponde a las aspiraciones que actualmente orientan la marcha de la civilización moderna, la cual intenta superar las categorías, las separaciones estrechas, las divisiones en todos los dominios.

“Debemos armonizar los contrarios, remontándonos a su origen. Esta es la actitud Zen, la Vía del Medio: abarcar las contradicciones, hacer su síntesis y realizar el equilibrio”, dijo el maestro Taisen Deshimaru.

O como dijo anteriormente Rabindranath Tagore: “En el futuro, los occidentales y los orientales formarán una gran sinfonía espiritual. Espero que venga pronto el día en el que toda la Humanidad se armonizara en una comunión universal”.

En la época actual, todas las naciones del mundo deben superar el camino unilateral de una ideología o de un nacionalismo estrecho. Las barreras nacionalistas o raciales deben ser abolidas. Debemos apuntar hacia un objetivo común: E1 del camino universal. Debemos entendernos y armonizar nuestras concepciones con un espíritu abierto. E1 espíritu moderno de libertad debe deshacerse de las viejas supersticiones, de las creencias y de las estrecheces formales, con el fin de poder encontrar en el fondo de nosotros mismos el origen de una moral autentica, personal y universal a la vez, ligada a la conciencia profunda de la vida.

La actividad viene de la espontaneidad manifiesta “aquí y ahora”. Es la actitud más realista y más apropiada. En el Zen la vida cotidiana se funda en la espontaneidad y en el entrenamiento en la concentración del cuerpo.

Por eso, sólo quien practica puede realizar “aquí y ahora” sus potencialidades, despertándose a su verdadera naturaleza, volviéndose plenamente él mismo. La creatividad no sólo tiene que ver con el genio, el niño es espontáneamente creador. Cada uno en su vida debe volverse creador.

El Zen no es una técnica de evasión ni de huida. Al contrario, la práctica de zazen al desarrollar nuestra energía y nuestra concentración en el instante presente, nos permite afrontar la realidad cotidiana con una calma, una perspicacidad, una objetividad, de las que no nos creíamos capaces, y que nos sorprenden. Entonces, ante las dificultades, frente a los problemas, la reacción justa y eficaz se produce por sí misma, espontáneamente, pues nos hemos liberado de los obstáculos interiores que antes nos volvían esto imposible. Es en la actividad misma en donde encontramos nuestra verdadera paz interior.

Transcender los límites de sus propios conflictos, sentirse uno con todos los demás, comportarse naturalmente; es la vía de la libertad. La verdadera libertad es interior y surge de la práctica de zazen. Naturalmente la conciencia se vuelve más amplia y la confianza en sí aparece. Nuestra vida no es ni pequeña, ni estrecha, ni solitaria.

El Zen es el capítulo principal de todo el Budismo. Pero es ante todo y esencialmente: contacto con lo absoluto en nosotros mismos, despertar a la realidad más allá de las apariencias visibles. Comprensión de nuestra naturaleza humana profunda, invisible. En esto, es universal.

El Zen se sitúa más allá de todas las religiones tradicionales pero como es la raíz misma del espíritu religioso, puede vivir entre todas las religiones, darle a cada una su verdadero poder religioso, puede vivir entre todas las místicas, como un pez en el agua. “El agua -decía Dogen- es la vida para el pez, pero el pez es también la vida para el agua.”

Nosotros, en tanto que cuerpo y espíritu, somos la vida. Esta es la respuesta Zen. Ver claramente en nuestro propio espíritu. E1 hecho de vivir y de realizar profundamente esta unidad cuerpo-espiritu, nos hace descubrir la fuente de la vida en nosotros mismos, aquí y ahora.

Este sentimiento de vida es lo universal en nosotros y nosotros en lo universal, mas allá del ego y más allá de la vida y de la muerte, en la interdependencia de todas las existencias.

Este sentimiento de unidad universal es la base del amor que une a todo lo que vive.

En la base del Despertar esta el conocimiento de sí mismo. Este punto es y fue el esencial de la enseñanza de muchas filosofías y religiones, si bien es verdad que esta búsqueda del conocimiento de sí mismo ha podido desembocar en el egoísmo y en el individualismo. Hoy día, después de los descubrimientos de la psicología profunda, del psicoanálisis, la concepción del yo y del sí mismo ha evolucionado y no puede ser ceñida a un estudio objetivo racional de la conciencia, y tampoco a un análisis puramente intelectual

Por otra parte, parece que el hombre no pueda vivir basándose simplemente en valores sociales, religiosos y morales exteriores a él. Actualmente necesita un afianzamiento interior, descubierto y vivido en lo mas profundo de él mismo.

La vida en sociedad educa al hombre según condicionamientos, que le enseña a juzgar el bien y el mal, según unos criterios que son más un habito adquirido que una noción realmente vivida.

Además hoy día, todo el mundo toma conciencia de este estado de hechos, lo cual produce uno de los factores más importantes de la incomodidad sentida por los individuos.

Todo esto nos conduce a una búsqueda interior más aguda y personal, y nos acerca de una manera diferente al problema: ¿Cuál es la naturaleza del hombre y del universo? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte?

Ni la ciencia, ni la religión, a través de la historia de los hombres, han aportado una respuesta satisfactoria. El Zen es ante todo una Postura, la postura sedente de Zazen, con sus tres elementos: actitud del cuerpo, actitud del espíritu y respiración.

Una postura quiere decir evidentemente, en el sentido amplio del término, una actitud ante la vida: actitud de fuerza y de equilibrio, de serenidad y de vigilancia, de respeto y de tolerancia, de unión con la vida cósmica.

La educación Zen es fuerte y profunda a la vez. Si la educación actual solo va dirigida, de hecho, a una parte pequeña del cerebro, y olvida un potencial, prácticamente inexplorado, la enseñanza Zen se dirige no solamente al cerebro frontal y al sistema nervioso central, sede de las aptitudes mentales, sino también a la mente subconsciente. Fortalece así el espíritu y el cuerpo, lo psíquico y lo orgánico, dicho de otra manera, al ser en su totalidad.

Nuestra memoria posee dos tipos de funcionamientos: por una parte está la memoria pre-frontal, intelectual, y por otra parte la memoria orgánica, la del cuerpo, que se imprime directamente a través de una modificación química en las neuronas situadas en la base del cerebro. Esta memoria es la que constituye el subconsciente. Si practicamos Zazen, influenciamos fuertemente nuestro hipotálamo y nuestro tálamo. El cerebro pre-frontal y el cerebro frontal se tranquilizan. Por el contrario, el hipotálamo y el tálamo entran en actividad. Los circuitos del cerebro se mejoran. Esta actividad química del tálamo y del hipotálamo es extremadamente importante, ya que la intuición se desarrolla gracias a ella.

En el Zen, el trabajo manual es de una gran importancia, ya que la agilidad de los dedos estimula la del cerebro profundo. La actividad manual y la actividad intelectual son rigurosamente complementarias. Ambas deben ser practicadas para el equilibrio de nuestra totalidad. El Zen rehabilita este trabajo manual, necesario para la perfecta realización de nuestro ser.

El Zen fue en el pasado el fermento de una prodigiosa renovación cultural, primero en China, luego en Japón. En las civilizaciones del extremo oriente, la pintura y la poesía clásicas, en las que hay como representantes los más inminentes monjes zen, están impregnadas de la concepción de ella naturaleza y de las relaciones del hombre con ella. Aquí la creación artística procede de una íntima comunión con los elementos y las estaciones. Sólo puede nacer del desapego del artista y de su percepción de las estructuras escondidas del mundo que lo rodea.

En esta concepción del arte, lo que prima de una manera absoluta, es la espontaneidad. Por eso tanto la pintura como la caligrafía zen, deben surgir de una sola vez, no deben ser retocadas. Y sin embargo esta espontaneidad sólo se obtiene después de una larga práctica, de una paciente maduración interior.

Numerosos artistas occidentales se sienten hoy sensibles ante esta promesa de renovación que contiene el Zen.

En China y más aún en el Japón, la influencia del Zen se extendió a todas las artes, el teatro y la caligrafía, la danza tradicional y la cerámica. Recordemos también que muchos rasgos específicos de la vida cotidiana china japonesa se desarrollaron bajo la influencia del Zen: la admiración atenta de la naturaleza, el arte de los jardines, la elegante austeridad de la arquitectura y de la decoración, el arte de las flores, la ceremonia del té, por ejemplo.