Sumo, combate de dioses


Todavía recuerdo cuando, hace unos años ya, yo veía combates de sumo en televisión. Ahora ya no se pueden ver en cadenas que no sean de pago. Qué pena!. Yo recuerdo cómo me dejaban pegado a la pantalla aquellos enormes señores (porque lo son, aunque parezcan ballenas a punto de demoler lo que se les ponga por delante sin escrúpulos) que se enfrentaban en un ritual magnífico y silencioso dentro de un pequeño círculo de arena, hasta que uno de ellos caía fuera de él, expulsado elegantemente por su adversario. Había tanta majestuosidad en todos sus gestos que resultaba increíble en aquellas masas carnosas ataviadas solamente con un taparrabos rígido, cual enorme hulahop. Además en aquel programa, nos contaban quiénes eran cada uno de ellos dándonos pinceladas personales que les hacían más queridos y cercanos para los occidentales que estábamos alucinados ante el espectáculo. Yo recuerdo tener mis favoritos…

 

Hoy he querido rendirles el homenaje que se merecen ellos y el deporte en sí. En Japón son auténticos dioses y muy famosos. Otro ejemplo desde nuestros vecinos de ojos rasgados de que hasta la lucha puede ser elegante y que no es necesario llenar de sangre nada ni a nadie para que sea popular. Os contaré algo sobre el sumo para abriros boca….

 

El Sumo es sin duda ninguna el deporte tradicional de Japón.

 

Las menciones más antiguas del Sumo se encontraron en el Kojiki, un libro del año 712, el más viejo ejemplar existente del japonés escrito. Relata una leyenda acerca de cómo la posesión de las islas japonesas se consiguieron a través de un combate de sumo. Según el libro, hace miles de años, el dios Takemikazuki fue enviado por la diosa Amaterasu para pacificar Japón. El dios de la tierra Okuninushi-no mikoto aceptó que el país se cediese a los dioses del cielo con la condición de que sus hijos estuvieran de acuerdo con su decisión. Takeminakata fue el unico hijo de Okuninushi-no mikoto que no quiso ceder el país a los dioses del cielo, por lo que tuvo que enfrentarse a Takemikazuki. Vencido en la lucha, Takeminakata no tuvo otro remedio que aceptar que la tierra fuera gobernada por los dioses del cielo. Para ello descendió el dios Ninigino Mikoto que tras casarse con Ko-no-hana, hija del dios de la montaña, engendró a tres hijos. Uno de ellos, Hiko-hoko-demi, tuvo un hijo llamado Amasuhiko que fue el padre del que posteriormente sería conocido como Jinmu Tenno y que es considerado como el fundador de la familia imperial japonesa que aún hoy sigue en el trono del país nipón.

 

 

 

 

El primer combate históricamente autentificado tuvo lugar en 642, cuando la Emperatriz Kogyoku (r. 642-645) hizo que sus guardias de palacio practicaran sumo para entretener a los enviados de la Corte de Paekche de Corea. Notas posteriores mencionan como el sumo era practicado en las funciones de la Corte imperial, incluyendo las ceremonias de coronación. La costumbre del “tenran-zumo” (Sumo en presencia imperial) se mantiene aún en el presente, aunque de forma diferente.

 

 

 

 

Oda Nobunaga (1534-82), gran señor feudal, era particularmente aficionado al sumo. En Febrero de 1578, reunió a cerca de 1.500 sumotori de todo el pais para un torneo en su castillo. Hasta entonces no había límites definitivos en la arena en donde el Sumo se practicaba. El espacio era delimitado simplemente por la gente que les rodeaba formando un círculo mirando el combate o esperando su propio turno para luchar. Aparentemente a causa de la gran cantidad de luchas que habían de celebrarse en el mismo día en el castillo de Nobunaga Azuchi, se pintaron unos límites circulares en el suelo para acelerar los procedimientos. Así surgió el “ring” donde luchan en la actualidad.

 

 

 

 

Desde el periodo de los estados guerreros hasta el periodo Edo (1603-1867), muchos daimyo (señores feudales) empezaron a ofrecer su patrocinio a los más fuertes sumotori. Estos no sólo recibían un generoso estipendio sino que recibían el status de samurai. También llevaban puestos ceremoniosos delantales labrados con el nombre de su señor feudal. Entonces ponían el nombre del feudo al cual servían en vez de su lugar de nacimiento, como se hace hoy en día, algunas veces tomando nota de la prefectura del registro familiar en vez del lugar de nacimiento. Durante el periodo Edo se inició el sistema de clasificaciones.

La actual Asociación japonesa de Sumo (constituida en 1.925) ha preservado sus tradiciones hasta los tiempos modernos. Como ejemplos tenemos el tejado suspendido sobre el dohyo

 

 

con forma de un antiguo templo divino, y la vestimenta del árbitro, llamado gyoji, que simboliza al traje de caza de un guerrero japonés del pasado. El gyoji además, porta con él un abanico denominado gunbai, con el que indica el ganador del combate, y porta el premio al ganador. El origen de este instrumento proviene de la antigüedad, cuando los guerreros lo utilizaban para guiar a sus soldados en el combate o batalla.

Otra figura del mundo del sumo es el yobidashi que es el encargado de subir al dohyo, y anunciar el nombre de los rikishi a enfrentarse en cada combate. Se viste con un hakama, y una chaqueta tradicional, y lleva un abanico el cual mantiene abierto hasta que llama al dohyo a cada rikishi. Se encarga además de realizar el dohyo antes de cada torneo, barrer el mismo para emparejar la arena y quitar la sal en cada combate, proveer de la suficiente sal purificadora a cada luchador, y supervisar que los rikishi no se hagan daño con la cubeta del agua si salen fuera del dohyo, así como llamar la atención de la gente el día del torneo tocando el tambor.
En los últimos tiempos se ha incrementado la internacionalización del Sumo con rikishi (luchadores de sumo) de Hawai, Taiwan, Brasil, Argentina, Mongolia y otros países, lo cual le ha dotado de un mayor interés. De hecho, en 1.993, Akebono, un rikishi hawaiano (aunque ahora nacionalizado japonés), cuyo verdadero nombre es Chad Rowan, se convirtió en el primer Yokozuna (el grado más alto del Sumo) no japonés de la historia. Como anécdota se cortó la “coleta” al mismo tiempo que el torero Espartaco. La coleta de “maestro”, de yokozuna, no es postiza. Se consigue en la competicion al alcanzar el máximo nivel, y se hace y peina en la escuela de sumo por especialistas. En esta escuela, donde conviven y se forman con gran disciplina y tradición los grandes luchadores de sumo, se supervisa minuciosamente todo lo que les rodea, desde la comida hasta el peinado y la vestimenta, para que puedan ser orgullo y ejemplo de este maravilloso deporte ancestral. Cuando se procedió al emotivo acto del corte de la coleta el luchador más alto de sumo de 2,02 ms. y 230 kilos de peso, vestido con el kimono como exige el protocolo, no pudo evitar que las lagrimas corrieran por sus mejillas, lo que conmovió sobremanera a todo Japon y las imágenes dieron la vuelta al mundo.

 

Hay seis grandes torneos de sumo, llamados basho, durante el año en cada mes impar del año. Tres se celebran en la capital, Tokyo, y el resto en las ciudades de Osaka, Nagoya y Fukuoka.

En las afueras del estadio donde se celebra el combate, se podrán ver cientos de estandartes coloridos, denominadas nobori. Éstas son puestas allí por los admiradores de los rikishi, para darles su apoyo y ánimo en el combate.

Solamente existen sesenta y seis rikishi profesionales en las dos máximas divisiones de

 

sumo. El resto son considerados poco menos que aprendices y están totalmente subordinados a los de mayor grado. Cada luchador pertenece a un gimnasio (heya) y vive de forma comunal en un estilo de vida que está por completo dedicado al deporte y a sus tradiciones.

Todos los luchadores estudian educación física y los nuevos también deben de aprender anatomía, leyes, historia y cultura del sumo, caligrafía y shigin, una antigua forma de canto. Asimismo los luchadores extranjeros reciben clases de japonés para que su adaptación y compenetración con sus compañeros sea lo más rápida posible y evitar así estados de nostalgia o melancolía.

 

 

Los requerimientos mínimos de altura y peso para entrar en el mundo del sumo son de 170 cm y 75 kg, respectivamente.

Los grandes campeones, los yokozuna, realizan rituales previos vestidos con un delantal ceremonial y un cinturón del que cuelga un papel plegado. El primer ritual, antes de cada combate, echar unos puñados de sal dentro del ring para purificar el lugar. Después, aplaude dos veces para llamar a los Dioses, luego extiende sus brazos con las palmas hacia arriba y luego hacia abajo, para indicar que acude sin ningún tipo de armas. Una vez dentro del círculo, los dos contrincantes levantan una pierna y dan pisotones para ahuyentar a los malos espíritus e intimidar a sus oponentes.

 

 

 

 

A pesar de su tamaño, los luchadores de sumo se mueven con rápidez y agilidad, por lo que los combates son a menudo breves (unos 10 segundos). El perdedor es el primero en tocar el suelo con cualquier parte del cuerpo, exceptuando las plantas de los pies, o en salirse o ser empujado fuera de la cancha.

Un deporte ceremonial y antiquísimo que sigue conservando esa mezcla de ritual divino y lucha terrenal que lo hace tan atractivo a los ojos de un extraño como lo era yo en aquellos días en que me quedaba absorta viendo combates de sumo en televisión.