Todos hemos experimentado en alguna ocasión un estado emocional fuerte y explosivo, lleno de odio, y en muchas ocasiones venganza, y aunque este estado no sea habitual en nuestra vida de cada día, tampoco es inhabitual. Solo hacen falta las condiciones oportunas para que surja un ser no distinto al que somos, haciéndonos ser diferentes. Nuestra conducta cambia y el comportamiento da un giro automático e inconsciente. La ira aparece como un copo de nieve en invierno, espontáneamente, cuando todas las condiciones se interrelacionan. Esta y otras formaciones mentales aparecen a cada momento, y son un impedimento para realizar nuestra naturaleza original. Cada instante debemos dar frescura a nuestra consciencia no personal, reconduciendo nuestro karma mental antes de que sea demasiado tarde. La plenitud de ser conscientes, es el fundamento de nuestras vidas surgiendo de este modo personas integras, completas.

La mente es la fuente de donde brotan todas las formaciones. Contemplando la mente podremos dirigir nuestras percepciones y acciones que, en muchos casos, están hechas desde el sufrimiento o desde la búsqueda de la felicidad. Debido a las percepciones desacertadas que tenemos de la realidad, vivimos nuestra existencia a través de nuestros exigentes y variados pensamientos, ideas y planificaciones; que nos llevan frecuentemente a la frustración e insatisfacción, dando origen al sufrimiento, viviendo cada instante inmerso en la codicia, el odio y la ignorancia.

Practicar la consciencia no personal, despojarnos del apego el ego y a los automatismos que generan estas formaciones mentales, es la vía del zen.

No debemos perder el norte, debemos seguir el orden cósmico, observando la talidad (tal como es) de las cosas. El carácter, la forma de actuar y a veces de pensar que legamos de nuestros padres se han hecho intrínsecos a través del tiempo, y son las que nos conducen en muchas ocasiones a tener pensamientos equivocados, a decir palabras y a realizar acciones no deseables, cambiando de esta manera nuestra conducta natural, generando una situación desagradable. En estas circunstancias la realidad y la plenitud de nuestra existencia no se manifiestan, es vivir a medias. La ira nos convierte en seres diferentes, siendo el mismo. Pero no debemos rechazar la ira, también forma parte de nosotros, de nuestra personalidad y forma nuestro carácter. Si rechazamos la ira nos rechazamos a nosotros.

Transformar y reconducir este instante, naturalmente, con plena consciencia, no es una tarea fácil, tampoco difícil. Caminar con firmeza sobre la tierra, dominar la cólera del pensamiento, de la palabra, del cuerpo; abstenerse de pensamientos ilusorios, palabras ardientes, del cuerpo tenso; practicar en nuestra vida cotidiana la buena conducta natural; todo ello hace surgir la calma interior, el silencio, la paz, la sabiduría.

La calma interior no entendida como no-acción, el silencio no como ausencia de ruidos, la paz de las cosas tal como son, la sabiduría no entendida como el conocimiento prestado. La persona integra observa y controlo todo esto y no busca más, gozando y compartiendo la maravillosa experiencia de la vida. No buscar nada, no planificar, no preocuparse, son enseñanzas del Buda. El pensamiento que va hacia lo mío nos perjudica.

Nos complicamos demasiado nuestra existencia y la vida se nos llena de sufrimiento y amargura, pero también estamos llenos de alegría y bienestar. No hay tiempo que perder, nuestra existencia con esta forma es muy corta, debemos reflexionar íntimamente y ser intensos, aquí y ahora.

La liberación es la meta de las enseñanzas que nos transmitió el Buda una liberación que va mas allá del conocimiento intelectual, de la razón, del pensamiento humano y que podemos experimentar aquí y ahora en este instante. En la cocina, en el baño, en nuestra vida ordinaria, no debemos desatender las tareas cotidianas, garantizan la felicidad y sabiduría, no hay lugar fuera de nosotros ni tiempo para realizar la más alta experiencia como seres humanos.

La idea de la felicidad nos hace caer en el engaño, construimos una serie de condiciones y circunstancias y creemos que así alcanzaremos la felicidad. Pero solo la idea de la felicidad nos impide ser felices. No se trata de ser feliz o no ser feliz, sino de ver correctamente la realidad. Cuando pensamos o tenemos una idea, este pensamiento o idea son acerca de algo, pero no es la realidad de ese algo. El ideal y la realidad deben fundirse, armonizarse, debemos mantener firmemente los pies sobre la tierra y afrontar nuestras cuestiones con decisión y sentido común. Vivimos nuestra existencia desde la superficie, a causa de la ignorancia nos perdemos la maravilla de todo, nos perdemos a Buda a Dios. Al observar a fondo las cosas, nos daremos cuenta que su naturaleza es la vacuidad; El Sutra del Corazón dice: “Las sensaciones, las percepciones, los pensamientos, la actividad y la conciencia son vacuidad”.

La ira supone mucho sufrimiento. Ver correctamente, evolucionar, trasformarnos y desapegarse del yo, de lo mío, olvidándose de uno mismo, es comprensión. Ayudar a los demás a comprender la más alta sabiduría es liberación. Todo cuanto vemos y tocamos y no vemos y no tocamos es impermanente, perecedero. Todo cambia a cada momento. Carecemos de un yo sustancial y duradero, todo lo que hay en lo que somos, entonces ¿por qué tenemos que ser diferentes al resto del cosmos?. Nos creemos los dueños de la tierra, del Universo, hacemos y deshacemos a nuestro antojo, dando forma de esta manera a una forma de ira colectiva y social, alterando sustancialmente la naturaleza de las cosas, produciendo mucho daño a todos los seres sensibles e insensibles.

Solo hace falta una chispa para que el fuego interno de la ira brote un ser salvaje e incontrolado. Capaz de destruir todo lo que se ponga en su camino. Admitir en ese instante nuestro comportamiento hará disolver la tensión del momento, pero a veces es tan fuerte la cólera que anulamos totalmente nuestra verdadera visión. Aunque este estado se apacigua, puede volver con cualquier mal entendido. Entre un padre y un hijo, con algún amigo, con tu esposa o esposo, o desde la ventanilla del coche, y puede tener consecuencias incalculables. La amargura de la experiencia vivida nos hace sufrir y lo peor, hacemos sufrir a nuestros seres mas queridos. Después cuesta mucho volver a recuperar el cariño y el amor perdidos, en algunos casos para siempre. Estamos llenos de deseos, envidias personales, insatisfechos con todo y por todo, y esto produce mucha ira. Que a su vez produce algunas de las veces venganza y entramos así en una espiral sin saber como salir.

La ira surge cuando la mente esta agitada en movimiento. Debemos Equilibrar nuestros pensamientos y emociones, para que la felicidad se manifieste, naturalmente, automáticamente, sin causa.

No todo el sufrimiento es amargo. También somos amor, compasión y dulzura. Saber utilizar estos medios, en cada momento nos proporcionara tranquilidad, calma y paz.

Rechazar la ira supone alimentarla y permanecer en este estado no es la solución. Todo tiene su origen en la mente. Las distintas formaciones mentales dan origen a los estados infernales en los que el ser humano se sumerge sin saber como salir, cayendo reiteradamente en los tres venenos: deseo, odio e ignorancia. Para remediar estos estados de la mente el budismo zen tiene tres maravillosos tesoros, el Buda, el Dharma y la Shanga.

La palabra Buda significa “despertar”, no tiene ningún carácter divino, sagrado o especial, quiere decir que mediante la practica de Zazen surge la profunda concentración “Samadhi” y alcanzamos nuestra naturaleza original despertamos a la condición normal, al silencio. No es algo que este fuera de nosotros. El Samadhi es la quietud inamovible de la mente donde los objetos no alteran el sujeto donde el sujeto no se altera con el objeto donde las cosas son bellas como son. Es decir, es este estado nuestra conducta no se altera cuando las condiciones cambian sin cesar a cada instante. Si nuestra mente es discriminativa cualquier soca puede resultar fea, molesta, bonita, alegre. Los fenómenos aparecen y desaparecen como vida y muerte. No hay porque luchar, no hay porque buscar, no hay porque temer. Debemos disfrutar, y saborear cada momento, amargo o dulce de nuestra vida y compartirla con todos los seres.

Dharma significa ley del universo, también designa las enseñanzas del buda histórico el Buda Sakyamuni y todas las existencias. Buda nos enseño que la ignorancia causa sufrimiento. Y la ignorancia solamente es no darse cuenta de que esta existencia solo es transitoria y perecedera. Vida y muerte es la gran cuestión que el ser humano debe aclarar para transformar la ignorancia y vivir en calma.

La Shanga son las personas, monjes o laicos dedicados a la práctica de la vía del buda. Designa la buena conducta a seguir el comportamiento correcto, la moral budista, significa esto que intentamos cambiar y eliminar la mala conducta, ya hacer el bien. Si nuestro comportamiento es correcto podemos seguir un buen camino que ayude a todos los seres.

Cuando transformamos la ira sentimos desasosiego y alegría, pero cuando además la acción es compasiva brota la autentica felicidad. Es como cuando hablas con tu hijo por teléfono a mucha distancia sientes alegría, gozo por escucharle pero cuando lo abrazas, le besas, lo acaricias sientes plena satisfacción, calma y felicidad.

Debemos actuar con calma en la adversidad y con calma en la alegría. Si en la adversidad nos enojamos nuestros actos no serán del todo ecuánimes, lo mejor es no actuar. Si la emoción es muy grande en la alegría, nuestras palabras no serán del todo correctas, en esta situación lo mejor es no prometer nada.

Si rechazamos la ira nos rechazamos a nosotros y si elegimos la felicidad no estamos completos. La felicidad también es un estado mental al que no nos debemos apegar. Todo esta condicionado e interdependiente. Todo tiene una razón. Debemos ir mas allá de nuestras opiniones personales, reflexionar y no echar la culpa al contrario de lo que nos sale mal. El contrario siempre tiene la culpa, cuesta mucho reconocer los fallos. Ponernos en el lugar contrario nos dará una visión mas completa de la realidad.

Al contrario de lo que muchos pueden pensar, no debemos deshacernos de la ira; debemos aceptarla, y reconocerla en el momento que surge; al ser reconocida se disuelve con la ternura y brota la compasión con uno mismo y con los demás.

En la vía del Zen la fe está en la práctica cotidiana de zazen. No practicamos zazen para buscar al buda o un estado superior especial o para rechazar lo que no nos gusta. No luchamos, no nos esforzamos, simplemente nos sentamos. Eso es todo.

La vida se vuelve difícil y complicada cuando elegimos y rechazamos con nuestra conciencia personal. Practicar y estudiar el zen, el budismo, es simple y sencillo con la práctica de zazen: sin metas, sin objetivos, sin recompensas.

En realidad no hay sufrimiento, ni causa del sufrimiento más allá de los sentidos. Somos el universo entero cuando nos manifestamos y el universo entero cuando permanecemos en la vacuidad. Sobre la tierra firmeza, confianza y seguridad. Esto es Zazen.

Estoy seguro que la vía del zen, puede aportar frescura, lucidez, simplicidad, sencillez y calma a una sociedad acelerada, complicada, preocupada, insatisfecha y llena de ilusiones. Siempre tras el futuro que nunca llega. Con Zazen podemos lograrlo.

Felices sin felicidad
Amados sin amar
Vida sin vivir

Juan Carlos Hernández Torrubias
Monje Zen “Ten-gen,Sosan”
Fuente: http://www.rincondeldo.com/