Dharma

Dharma, es una palabra en sánscrito que significa “aquello que preserva”. Esto quiere decir que, al ajustar las actitudes contraproducentes, te ves liberado de cierto grado de sufrimiento y, por tanto, preservado del mismo. La práctica espiritual protege o preserva de la tristeza tanto a ti mismo como a los demás.
En este mundo existen personas que se adhieren a alguna forma de fe espiritual, otras que son totalmente contrarias a ellas y las que son indiferentes a las religiones y filosofías. Cuando la gente se enfrenta a situaciones que escapan a una explicación racional y son adversas, difieren en su capacidad de hacerles frente. Mientras los que no creen en ningún sistema espiritual se vean en situaciones que se hallan dentro de lo que alcanza el entendimiento humano, pueden afrontarlas. Pero cualquier circunstancia que exceda su propio entendimiento constituye un choque, y sus intentos de afrontarla desembocan en frustración y angustia. El practicante del dharma tiene una interpretación mejor de la vida y no perderá, gracias a ello, el valor y la esperanza que son factores más decisivos para sustentar la fuerza de vida. Así que es evidente la importancia del desarrollo espiritual en la vida del individuo.
Hay muchas formas distintas de emprender la práctica del dharma; estas formas varían de un individuo al otro. El dharma es la doctrina en la que se basan las religiones y filosofías. Pero al que nosotros nos referimos es en especial al budha-dharma o la enseñanza budista.
Algunas personas pueden renunciar totalmente a la forma mundana de vida y elegir la vía del eremita, dedicando todo su tiempo y toda su energía a la meditación. Otros emprenden su práctica sin abandonar una vida convencional en el mundo. Inclusive dentro del propio budismo existen formas distintas de esta práctica que nos llevan a obtener los mismos resultados. Podemos sencillamente colocarnos en la postura de “zazen” y vivir la experiencia de la meditación profunda, a través de un espíritu de silencio, de presencia, de apertura, donde nada extraordinario pasa, y sin embargo todo cambia como ocurre en la práctica del Budismo Zen; pero también podemos decidir abrir nuestras mentes a un estudio profundo e histórico de las escuelas filosóficas y las enseñanzas budistas llenas de colorido, misticismo, bellos altares y oraciones, y aprender de la gran compasión y preocupación por el sufrimiento de los demás como nos lo enseña el Budismo Tibetano.
Lo esencial es vivir la propia vida ateniéndose a los nobles principios del dharma y dotarla así de una dirección y de una finalidad. Si uno es capaz de adoptar ese punto de vista, el dharma no solo será beneficioso para él como individuo sino que contribuirá también a mejorar la comunidad en la que vive.
La esencia de la práctica del dharma al igual que el arte del Aikido es introducir una disciplina dentro de la mente, un estado mental libre de odio, envidia, codicia y de intenciones dañosas. Por eso todo el mensaje del dharma de Buda se podría resumir en dos frases breves: “Ayuda a los demás y si no puedes ayudarles, al menos no le hagas daño”.
Esta tarea de lograr una disciplina interior pueda parecer muy compleja y difícil al principio, pero si nos esforzamos de verdad veremos que no es tan complicado, Tal vez sea esta la primera de las tantas similitudes de la práctica del dharma y la del Aikido. Nos hallamos en la vorágine de todo tipo de concepciones mundanas, conceptos y emociones negativas, pero si para ambas disciplinas somos capaces de descubrir la clave justa a través de la práctica, conseguiremos deshacer ese nudo de confusión.
Finalmente, no basta con escuchar o leer bonitas frases budistas, simpáticos cuentos zen, cantar hermosas sutras o practicar el interesante Aikido sino provoca esto un verdadero cambio en nuestro interior; éste es realmente la señal que indica que nos hemos beneficiado del dharma.
Las cuestiones fundamentales del budha-dharma como si hay renacimiento o no, y si es posible o no la iluminación plena, son difíciles de explicar o comprender. Pero lo que es muy evidente para nosotros es que un estado mental positivo y una conducta positiva conducen a más paz y felicidad, mientras que sus contrapartidas negativas producen consecuencias indeseables. Por tanto, si con nuestra práctica del dharma somos capaces de sufrir menos y de ser más felices, y más aún, sí podemos dejar de causar sufrimiento a cualquier ser sintiente y de entregar bienestar y felicidad, eso por sí solo sería ya fruto suficiente para animarnos a seguir con nuestros objetivos espirituales.
Explicar el dharma es pensando en beneficio de otros, pero, en realidad, proclamar esta enseñanza es, de hecho una extensión de la propia práctica y trasciende a sí mismo y a los demás.
Para proclamar el dharma, esencia filosófica del Aikido, debemos olvidarnos de nosotros mismos; más allá del mundo de los deseos y de las formas; sí así lo hiciéramos, el poder de nuestra enseñanza será como un sonido fuerte que eliminara todos los sonidos débiles. Es a través de nuestra práctica del dharma que aparece la práctica de todos los buddhas y que la “Gran Vía” los reúne.
Podamos nosotros entonces, realizar así el despertar con todos los seres del mundo.