Endo sensei : Shi Gi Tai Ichi

Visto en el blog Musubi Aikido Granada

Hay una expresión: “Mente, técnica y cuerpo son solo uno” (Shin Gi Tai Ichi). Cuando la mente esta en desorden, al cuerpo le es imposible moverse efectiva y eficientemente. Del mismo modo un cuerpo fuera de balance puede agitar la mente hasta el punto en que le es imposible comprender la relación entre uno y el compañero, relación que en definitiva indica que técnica corresponde:Una vez hecho el contacto inicial (de-ai) moviendo el cuerpo apropiadamente (taisabaki) y desequilibrando al compañero (kusushi) es impresindible percibir que técnica surge naturalmente de la relación entre uno y el compañero.

 

O’Sensei hablaba de “hacerse uno con el cosmos” o “ser uno con la naturaleza”. Una forma de interpretar esto es tratar de no forzar la técnica de acuerdo con nuestra propia y única voluntad, no insistir en completar la técnica que uno a elegido; deberíamos en cambio, percibir la técnica que surge naturalmente. Nosotros practicamos Aikido yendo a través de las técnicas aun por una, repitiendo lo que nuestro profesor nos muestra. Eso significa que debemos hacer esa técnica en particular sin importar lo que suceda (incluso si implica un grado de esfuerzo excesivo), en otras palabras incluso si involucro movimientos que no surgen naturalmente. Es importante ser capaz de observarse a uno mismo para reconocer ese esfuerzo innatural como tal. Se necesita ser lo suficientemente receptivo y objetivo para decirnos a nosotros mismos cosas como: “La técnica estuvo bien, pero el encuentro (de-ai) con mi compañero no esta funcionando”. Es importante chequearse constantemente y vigilarla conciencia de si los movimientos son o no naturales.

Fue después de que comenzara a entrenar sin fuerza, que pude cambiar inmediatamente la técnica que estuviera haciendo a otra. Esto es lógico porque a menor esfuerzo empleado, más fácil es cambiar a otra cosa. Practicando de este modo recordé las palabras de O’Sensei: “Cuando es así, tu haces esto. Cuando es de esta forma, haces esto otro”. Él nunca hacía lo mismo dos veces. Yo pensé: Creo que se a que se refiere. Con esta clase de perspectiva, nunca se utiliza demasiada fuerza, porque cada uno cambia a otra cosa según se necesite. Imagine un río con rocas en el. Cuando el agua se encuentra con rocas pequeñas, fluye sobre ellas, cuando se encuentra con rocas mas grandes, fluye alrededor de ellas. Incluso si se contiene su cauce, el agua no se detiene, y en realidad su energía potencial sigue aun allí arremolinándose y acumulándose detrás de la presa, tratando de quebrarla o rebasarla. Aikido es igual. No es un “camino de vida” si uno limita el encuentro a una técnica particular. Es importante ser capaz de cambiar y hacer otra cosa ni bien las condiciones cambian, y suspender lo que uno esta haciendo para obtener el efecto deseado. No se trata solo de fluir hacia algo diferente cuando uno se encuentra bloqueado, es también necesario investigar como “ahorrar energía”. Además, todos tenemos posibilidades sin desarrollar, por lo tanto deberíamos pensar como sacarlas a relucir aplicando aquella energía latente.

En el “Tora no Maki” una obra que según se dice contiene los secretos mas profundos de las artes marciales y la estrategia, se comenta: “Lo que llega es recibido, lo que se va es enviado en esa dirección; lo que está en oposiciones armonizado, cinco y cinco es diez, uno y nueve es diez. De esta manera las cosas deberían armonizarse. Distinguir apariencias de realidad, comprendiendo el propósito verdadero y la estrategia oculta; conocer la potencialidad inadvertida y las implicaciones escondidas. Comprender tanto el plan general como así también prestar atención a los detalles y particularidades, tanto como sea necesario. Cuando uno se enfrenta con una situación de vida o muerte responder a los cambios que tienen lugar y enfrentar la situación con la mente libre de agitación”. Este corto mensaje me proveyó de un vasto alimento para mis pensamientos”

Endo sensei

8 razones por las que los niños deben aprender artes marciales

La defensa personal fue la última en la lista

“Mi hijo ha comenzado las clases en el colegio, pero mi marido lo ha apuntado a unas clases de artes marciales. Al principio, yo me opuse. Como psiquiatra y pacifista de toda la vida estaba preocupada por el lado violento, machista que puede estar implicado en el mundo de las artes marciales. Hoy, me arrepiento de haberle juzgado premeditadamente y sin conocimiento de causa. Mi hijo empezó a comportarse de otra manera y su vida cambió, Ahora es mucho más serio y condescendiente con sus compañeros y padres. Creo que los niños que se conducen dentro de los caminos de las artes marciales, son menos propensos a la violencia”.
Eran los comentarios de la doctora Álvarez Rey, psiquiatra, meses después de haber apuntado a su hijo en mi escuela de artes marciales.

La defensa personal es generalmente la primera razón por la que los padres apuntan a sus hijos en clases de artes marciales. Debería ser lo último, pero desafortunadamente es lo primero. El entrenamiento de artes marciales es mucho más que unas clases de patadas y puñetazos. Es un catalizador para promover la confianza en sí mismo, decisión, orientación hacia nuevas metas y objetivos, paciencia, concentración y muchos atributos más. Sí, pueden ser un método completo para los niños, en tanto en cuanto se les enseña correcta y responsablemente para controlar sus nuevas capacidades y técnicas aprendidas. De acuerdo con el famoso especialista en educación infantil, Nick Cokinos, los padres deberían enseñar después de las primeras lecciones de la vida, dos cosas: artes marciales y natación.

 

Estética bajo presión

Ernest Hemingway dijo alguna vez que el valor y el coraje son la estética, la gracia bajo presión. Las artes marciales se enseñan con gracia, con estilo. La fórmula es simple: aplica un poco de presión al estudiante, ayúdale a hacerlo él mismo y luego aplícale un poco más de presión.

La primera lección de coraje del principiante consiste en estar frente al adversario. Los estudiantes están en parejas y uno de ellos practica compostura y relajación, mientras que el otro practica estilos de golpear y el espíritu tradicional, prefiriendo el “kiai” y lanzando su puño hacia la cara de su compañero, por supuesto a una distancia de seguridad.
La primera experiencia, probablemente, sea más fácil para el pegador que para el que va a ser golpeado.

La mayoría de los estudiantes asustados se mueven, se separan y cierran los ojos cuando el puño vuela hacia su rostro, y las semanas pasan mientras ellos aprenden a hacerlo mejor y mejor, a calmarse y jugar con este tipo de movimientos.

Esto es conocido como “estar tranquilo en el medio de la tormenta”.
Sus latidos deberán llegar a ser normales, su atención centrada en su oponente y sus manos dispuestas y relajadas, y su mirada, fija en su objetivo.

Esta mera destreza beneficia a los alumnos en aspectos que van más allá de lo que es el “dojo” o lugar de entrenamiento. “Los padres notarán cambios sustanciales en los niños”, dice Luisa Fernández, madre de un niño cinturón marrón en artes marciales. “Mi hijo es más sensato ahora. Parece un adulto por su forma de comportarse y la seguridad que tiene, cosa que antes no tenía”.

El entrenamiento de artes marciales contiene muchas lecciones prácticas sobre actitud y seguridad personal. Algunos psiquiatras han recomendado entrenamiento de artes marciales para que pacientes lábiles e inseguros, y que han perdido la confianza en sí mismos, la recuperen.

Enfrentarse a una agresión real, representada de forma artificial en el “dojo”, puede hacer que encuentren parámetros para compararse con los demás y aporten solución a sus problemas.

 

Modelos a seguir

Los padres deben buscar promotores de las artes marciales y educadores que promulguen los valores adecuados y una buena orientación.
Una buena escuela de artes marciales es un cúmulo de modelos positivos a imitar. Los alumnos trabajan, entrenan y practican sus técnicas y ejercicios dando lo mejor de sí mismos.

Niños de 6 y 7 años que memorizan cientos de movimientos. O una abuelita que rompiendo clichés entrena con su hija y hasta con su nietecita. O el ejecutivo que abandona durante un par de horas su despacho para perder unos cuantos kilos. Y en algunos casos, un disminuido físico que intenta superar todos o parte de su hándicap, gracias al entrenamiento. Los “dojo” son lugares donde la gente especial y la gente normal desempeñan sus habilidades de un modo extraordinario. Esto supone que los niños pueden incorporar todas estas actividades positivas a su carácter.

 

Sentimiento y necesidad de continuidad y progreso

La ventaja que ofrecen las artes marciales, como deporte de equipo, sobre los demás es que cualquier niño/a puede participar tanto en entrenamiento como en competición.
Por otro lado, cuando un joven no alcanza la media de rendimiento del equipo, probablemente terminará en el banquillo, lo cual no sucede en las artes marciales, puesto que permiten desarrollar el máximo nivel a cada ejecutante, sin importar edad, estilo o grado.

Como deporte individual es único. Podemos satisfacer las necesidades de progreso de cada niño porque este serás proporcional al esfuerzo y dedicación empleados. De acuerdo con D. Kim, instructor de taekwondo: “Un profesor en el colegio solo está con sus alumnos durante un curso, generalmente algunos en dos cursos, pero en artes marciales trabajamos con los niños durante muchos años, lo cual nos permite entablar y mantener una estrecha relación”.

Los niños desarrollan además un sentido especial que se entrelaza con el sentido místico que rodea las artes marciales. Esto contribuye a hacerlo sentir como parte de algo especial, extraordinario en su vida.

El sentirse progresando añade seguridad y autoconfianza al alumno, además de suponer una prevención frente a la posibilidad de que el niño pueda llegar a verse implicado en actividades negativas. De acuerdo con J. Méndez de Aracil, psicólogo y profesor de artes marciales: “Los niños no comienzan a fumar por el agradable sabor del tabaco, sino que lo hacen porque se sienten maduros y se escudan en ello”. Pero en las artes marciales no existe el problema porque los niños pueden llegar a ser líderes de sus propios grupos. Es una inversión segura en la escala de valores, y el alcohol, tabaco o drogas pueden ser un riesgo para esa inversión, con lo cual el alumno las rechaza.

 

Concentración en la escuela

Las lecciones de artes marciales ayudarán a tus hijos en los estudios.
“Mi hijo tuvo siempre problemas, y la dislexia es uno de ellos, pero creo que el kung fu ha sido la pieza clave para ayudarle a poner más atención en la escuela”.
La concentración es, en definitiva, un resultado del entrenamiento de artes marciales. Las “formas” tradicionales, kata, o tao, son mucho más que una serie de movimientos contra un atacante imaginario, son una lección de autocontrol. Según J. Méndez: “El control físico y psicológico es también doloroso, porque demanda una gran intensidad de trabajo. Mantener una posición baja, recordar intrincados movimientos y ejecutarlos con potencia, requieren gran esfuerzo”.
“Solo el hecho de mantener a un pequeño de 6 años una hora en el dojo practicando, significa un premio a la concentración”.

Algunas academias de artes marciales refuerzan sus programas de estudios, con distintivos especiales para premiar los resultados académicos.
En las escuelas de Chian Chien Li en Taipéi, Hong Kong, y California, los niños que cursan estudios académicos reciben estrellas rojas que endosan en su solapa como reconocimiento de su aptitud.
La escuela de Ernie Reyes, Sr. En San José, California, solo permite alcanzar ciertos grados a sus alumnos, si estos poseen certificado de estudios, tanto m´pas avanzado cuanto sea el grado que pretendan alcanzar.
En USA, en la escuela de John Rhee, un afamado profesor de taekwondo, los alumnos están condicionados a obtener un nivel mínimo en sus calificaciones o serán suspendidos del entrenamiento temporalmente.

 

Orientación hacia las metas

Las artes marciales ofrecen algunos objetivos de progreso que no están contemplados en las actividades modernas. El doctor Frank Irvine de la Universidad de California afirma que “la iniciación en las artes marciales es la parte fundamental del crecimiento en ellas, pues obviamente las mediciones de los resultados serán un índice claro de que la enseñanza está en el nivel adecuado”.

El sistema de grados en las artes marciales es un método por el cual se premia e incentiva a los niños, otorgándoles un cinturón de cada color, en reconocimiento de sus capacidades y progreso. Los niños siempre piensan en obtener nuevos cinturones, lo cual proporciona un constante afán de superación.

De este modo, cada grado es el resultado de un esfuerzo, y no se ve ensombrecido o aumentado por el éxito de un equipo, sino que es individual. Los grados se obtienen tras pasar satisfactoriamente un examen oficial que se celebra en intervalos periódicos dentro de la escuela.
El resultado de estos exámenes es desarrollar capacidad de enfrentarse con cierta seguridad ante jueces, examinadores, tribunales y audiencias, o público.

 

Meditación en movimiento

Después de dos o tres años de entrenamiento, los niños son capaces de entrar en un estado meditativo cuando desarrollan un kata o forma. Además, aunque ellos aprenden el kata conscientemente, cuando se llega a altos niveles, el desarrollo y ejecución del kata es inconsciente.
Esta experiencia nueva para algunos científicos, se ha dado en llamar “fenómeno de trasvase cerebral”, cuya explicación científica, por compleja, omitiremos aquí.

Esta conexión, insisto, es lo más cercano al concepto interrelativo entre meditación zen y artes marciales.
Los altos niveles de las artes marciales pueden ser análogos a la meditación dinámica (en movimiento).

 

Beneficios físicos

Las artes marciales son similares al ballet, en términos de demanda física y coordinación motora.
Pero el artista marcial requiere muchos otros fundamentos que van más allá de lo puramente físico.

“Comencé con mi hijo un programa de cursos de artes marciales cuando este tenía 4 años de edad”, dice J. L. Marcos, médico dentista, “los cambios neurológicos del desarrollo comienzan a sucederse a escasa edad y considero que las artes marciales son una gran ayuda”.

Sería difícil hacer un recuento aproximado de los profesionales de equipos atléticos, de fútbol, baloncesto, etc…. que utilizan las artes marciales como complemento a sus deportes.
Desarrollar la coordinación, equilibrio y fluidez de movimientos de los niños puede ser el gran logro de las artes marciales.

Las capacidades aeróbica y anaeróbica aumentan con el entrenamiento de artes marciales. Los intervalos dentro de los ejercicios y los kata, son tan rítmicos que podrían compararse al jogging.
La capacidad anaeróbica se desarrolla en el combate y entrenamiento de artes marciales de competición.

La flexibilidad es una parte esencial de las artes marciales. No hay técnicas que gusten más a un artista marcial, principiante o avanzado que el lanzar patadas altas o realizar buenas aberturas. Los jóvenes lo tienen más fácil, porque es condición natural de su edad.
Un deporte que fomenta la flexibilidad, elongación y estiramientos favorece a los participantes, puesto que no origina lesiones y ayuda a conservar la flexibilidad en el futuro.

 

Acabar con los complejos

Cualquiera que haya sufrido las consecuencias de estos pequeños traumas infantiles intentará prevenir el hecho de que su hijo se encuentre en esta situación desagradable.

Un niño acomplejado, generalmente, tiene muy poca autoestima, y necesita motivación en cantidades elevadas para verse al nivel de los otros niños. Un niño acomplejado es separatista, camina con la cabeza baja y es incapaz de mirar a alguien a los ojos, porque se halla amedrentado.
Postura encorvada, respiración rápida, mirada inestable, temblores y voz quebradiza son síntomas de inseguridad en cualquier situación que resulte comprometida para ellos.

Contrariamente a lo que muchos padres creen, las artes marciales no preparan a los niños para presionar a otros niños acomplejados, más bien lo hacen para ayudarles. Para que a través del entrenamiento puedan alentar a otros y guiarles.
Hay pruebas evidentes. En las artes marciales se mira al oponente directamente a los ojos. En el combate te enseñan a controlar la respiración. El entrenamiento de las posiciones es una parte importante para desarrollar equilibrio, potencia y movimientos rápidos. Los alumnos aprenden a responder con voz firme, a las preguntas que se les formulan.
En la mayoría de los casos no se acaba con el complejo en el combate, es la paciencia, el temple y la calma del alumno, unidas a la confianza, lo que produce un resultado excelente.

Algunos padres creen que el entrenamiento de artes marciales desata la violencia en los niños, cuando en estudios científicos sobre el tema, es justamente lo contrario lo que se destaca.
El profesor Richard Carrera, de la Universidad de Miami, hizo un estudio comparativo sobre el comportamiento de un grupo de estudiantes de colegios primarios y secundarios, frente al comportamiento de otros grupos sometidos a entrenamiento de artes marciales del mismo centro. Después de lo cual, quedó reflejado, que los “artistas marciales” eran pacientes, conscientes, responsables, trabajadores y con aptitudes para desterrar la violencia y la agresividad. Carrera cree que un artista marcial tiene una capacidad para controlar sus impulsos violentos, porque conoce su habilidad y puede defenderse con muchos métodos antes de recurrir a la violencia. Si fuese necesaria la emplearía.

Alguna gente se vuelve incontrolable cuando se trata de cuestiones de honor, hombría, etc…., pero seguramente, si su identidad y personalidad fuesen fuertes, y bien formadas, se sentirían más seguros y esto no sucedería.
Muchos padres se han confundido por influencia de las películas y filmes de acción, llamados “Made in Hong Kong” y similares, que dramatizan al mito marcial y lo fundamentan en combates y violencia, pero no podemos ignorar la realidad.

EL HAGAKURE – Código de Honor del Samurái.

El Hagakure es un libro inspirado en el célebre código del Bushido reflejando su esencia tradicional y señalando el camino del guerrero. Según esta obra para el Samurái, era preferible la muerte a vivir una vida indigna o impura. En momentos de crisis, si el samurái tuviera iguales posibilidades tanto de morir como de vivir, elegiría morir. En este aspecto no había cosa más honorable para un samurái que morir al servicio de su daimio (su amo). En caso de ser deshonorado también elegía quitarse la vida, entendiendo que moriría de una muerte fanática, pero que a cambio conservaría el honor.

Los Samuráis hacían sus limpiezas cada mañana, se afeitaban la cabeza y perfumaban el moño. Luego se cortaban las uñas de las manos y de los pies, las limaban con piedra pómez y luego las pulían con hierba “Kogane”. Después el Samurái verificaba su sable largo y su sable corto para comprobar que el óxido no los deterioraba; les quitaba el polvo y los limpiaba para cuidar su brillo. Tomar tal cuidado de su apariencia puede parecer vanidad pero esta costumbre no provenía de una inclinación por la elegancia o lo romántico. Creían que uno podía ser llamado en cualquier momento a librar una dura batalla; si se moría habiendo descuidado su pulcritud, se daría muestra de una relajación general de las buenas costumbres, exponiéndose al desprecio de los adversarios. Esta es la razón por la cual los viejos y jóvenes Samuráis han aportado siempre un gran cuidado en su presentación. Si quería estar dispuesto a morir, un Samurái debía considerarse ya muerto. Pero si se dedicaba a hacer egoístamente lo que le placía, en caso de crisis se deshonraría. Si nada le importara, excepto el hecho de no estar en peligro y de sentirse feliz, se descuidaría de una manera completamente lamentable.

La vida del samurái estaba sujeta a diario de una búsqueda incansable de perfeccionamiento en sus artes. Para ellos era mejor ser además hábil en más de un arte y no solo especializarse en una técnica específica, pues menciona el Hagakure que tal persona no sería realmente útil.

Yagyu, el maestro de la Vía del Sable, que enseñaba al Shogun Tokugawa, decía: “Yo no sé cómo superar a los otros. Todo lo que sé es cómo superarme a mí mismo”. El se decía: “Hoy, yo soy mejor que ayer, mañana todavía seré superior”. Un verdadero Samurái consagraba todo su tiempo al perfeccionamiento de sí mismo, como un proceso sin fin.

Aun con un sistema de honor muy riguroso el código de honor contemplaba una forma adecuada de dirigirse al amigo en caso de tener una crítica para el mismo, se lee que debía de primero uno tener afinidad con la persona, compartir las mismas finalidades, luego elegir un momento adecuado, como una ocasión festiva, e iniciar la plática incluso con ejemplo de errores personales cometidos, teniendo la plena confianza del amigo, hablando solo lo justo con tacto hasta incluso hacer desear al mismo el ser corregido. Daban mucha importancia además a animarlo en caso de que esté atravesando por una desgracia, y las frases que utilizaban para ello eran como las siguientes: “un verdadero Samurái no debe ostentarse ni perder confianza. Debe ir siempre hacia delante, sino no avanzará y será totalmente inútil”.

El samurái debía ser humilde, sereno, viril (para ellos virilidad era estar siempre predispuesto a realizar esfuerzo para conseguir un cargo importante, nunca rehuir a la responsabilidad, tener la sangre ardiente para participar en una batalla o acompañar a quien le pida ser asistente para su suicidio ritual), la lujuria era una señal de falta de varonilidad, debía acoger todo tipo de consejo con gratitud aunque no le fuera de utilidad, se exageraba diciendo que debía ser tan valiente que en combate continuase peleando aún si ya hubiese perdido los brazos y hombros usando los dientes antes de caer, debía evitar reflejar cualquier tipo de debilidad en sus palabras, nunca quejándose.

Si se tuviese que resumir en pocas palabras la condición del samurái se diría devoción en cuerpo y alma a su amo. Incluso si éste lo maltratara o fuera irracional, el verdadero samurái estaba preparado para quitarse la vida en caso de que su amo se lo pidiese o dijese que ya no era de utilidad.

“Un Samurái sólo lo es verdaderamente en la medida que no tiene otro deseo que morir rápidamente -y de volverse puro espíritu- ofreciendo su vida a su amo, en la medida donde su preocupación constante es el bienestar de su Daimyo, al que rinde cuentas continuamente, sin cesar, de la manera mediante la cual resuelve los problemas para consolidar las estructuras del dominio. De este modo, Daimyo y servidores deben estar determinados de la misma manera. Es indispensable que nadie, ni siquiera los dioses y los Budas, puedan haceros desviar de la meta fijada.” (El Hagakure)